domingo, 13 de mayo de 2012

Atlantia, la civilización perdida.




Te invito a leerme con esta preciosa melodía de fondo:http://www.youtube.com/watch?v=_temNt8GLrs

Diciembre. Un oscuro atardecer, casi nocturno. La luna comenzaba a salir de su cueva en el firmamento. Los días habían transcurridos terriblemente fríos en las últimas semanas. En la playa, se sufrían los primeros síntomas. La arena era de un espesor considerable y más que arena, comenzaba a ser nieve. El mar luchaba por no congelarse, las olas, que arrastraban trozos de hielo, chocaban brutalmente unas contra otras.

   Yo estaba allí. Y lo vi todo. Con estos viejos ojos que han surcado los siete mares. No recuerdo por qué, pero me encontraba en aquel sitio, en la arena, junto a las rocas, preguntándome qué hacer con mi vida. Abatido, frustrado. El sonido de las olas rugiendo simbolizaban, de alguna forma, el complot de sentimientos que chocaban entre sí en mi cabeza. Como un eco.

   Era mi cumpleaños. Cumplía exactamente, aquel 23 de Diciembre, 76 años. Y los había pasado solo. Como 20 años atrás, desde que mi noble navío se hundió en una tormenta terrible. Y con él, se llevó toda mi tripulación.

 Mi vida era un sin sentido monótono. Mis días transcurrían grises y solitarios, casi insípidos. Pasaba las tardes pescando, cerca de los acantilados. Siempre había conservado mi afición por la pesca pero, por aquel entonces, yo hacía mucho que no atrapaba un buen pez. Sobreviví a base de eso, de lo que pescaba. Me sentía tan triste, tan solo, que ni si quiera podía llorar. Si lo hacía, estalactitas penderían de mis ojos.

   Aquella tarde, reinaba el silencio. Nada. Una playa desierta. Y yo, tan solo yo y mi vieja caso de marinero a mis espaldas.

De pronto, una ráfaga helada barrió la playa y levantó una enorme capa de polvo helado por toda la costa. Casi como un ciclón. Furiosa, arrasadora. Caí de lado y me golpeé con una roca en la cabeza, a causa de la fuerza del viento. Un golpe violento, pero nada serio.

Abrí los ojos, atontado y la playa volvía a estar en clama. Tan solo ruido. De fondo. De lejos. En lo más profundo de la tierra. Un pequeño terremoto. Quizás interno, más allá de mis caóticos pensamientos. El agua dejó de estar en calma. Un cúmulo de pequeñas burbujas comenzó a crecer en su interior. La pequeña explosión siguío creiciendo y se convirtió en una enorme ola.


   Retrocedí asustado.

Entonces la extraña ola aterrizó, estallando y helándolo todo. A continuación no pude creer lo que presenciaron mis ojos.

Humanos.
Una generación de personas saliendo del agua. En sus ojos se presenciaba la ausencia de alama. Sus rostros yacían congelados, casi cubiertos completamente de huelo. Al principio eran como cientos de figuras esqueléticas sin rostro, pero al llegar a la orilla, comenzaron a mover las facciones de sus caras y el hielo poco a poco se iba desprendiendo. Hombres, mujeres y niños llegaron como de un sueño, allí, delante de mis ojos asombrados. Ellos en cambio, exhaustos y con la mirada perdida dejaron caer sus artilugios de guerra en la arena y comenzaron a despertar de su más allá. Tenían sus extraños ropajes hechos harapos. Eran escalofriantemente pálidos y cuando salí de mi asombro me percaté de que escondían una especie de branquias a los lados del cuello.

Comenzaron a buscarse unos a otros, a abrazar a sus hijos. Se olían gritos y lágrimas de alegría, celebrando su victoria. Habían sobrevivido. "¡Estamos en tierra!" decían. "¡Lo hemos conseguido!".

Entre el tumulto de gente, más allá de las miradas de afecto y las celebraciones, estaban ellos. Casi como mis hijos. Mi tripulación. Con la misma mirada perdida y la piel pálida como todos los miembros de la extraña tribu. Uno de ellos se percató de mi persona y me señaló.

    -¡Mirad, es el capitán!
    -¡Hemos llegado, estamos en casa!


Corrieron hacia mi, despertando de su amargo sueño y avanzaron entre la gente, hasta quedar enfrente mía. El tumulto de personas se paró en seco y todos quedaron en silencio, observándome como si de la aparición del mismísimo Neptuno se tratara.

Uno de mis compañeros carraspeó, sacó pecho y gritó:

-¡Hermanos! ¡Lo hemos conseguido! ¡Bienvenidos a nuestra nueva vida!


Tras esto clavó un enorme palo en la tierra, a modo de cartel con un mensaje de paz y esperanza.

El horizonte escondía los últimos rayos de sol. La generación subacuática y mi tripulación resucitada se giraron y gritaron:

¡ESTE ES EL SOL DEL NUEVO DÍA!

Pero entonces algo horrible ocurrió. El sol retrocedió en el tiempo y volvió a alzarse potente, con su luz en el firmamento. Los indígenas comenzaron a gritar, llenos de dolor. Se cubrieron el rostro con sus pálidas manos pero ya nada podían hacer. No estaba preparados para vivir en tierra firme y, tan pronto como llegaron, se fueron. Sus congelados cuerpos se fundieron en un último lamento y solo quedó un enorme charco que humedeció la arena.

Una bandada de pájaros voló hacia el este, graznando estruendosamente. Mi incrédula persona, mi atónito ser, selló sus labios y quedó petrificado. Creí despertar de un macabro sueño. Y lo hice.

Desperté en la misma roca que me había golpeado. Solo un poco de sangre entre el poco cabello canoso que me quedaba. La noche ya, fría. La mar tranquila y la arena helada. Todo seguía como antes excepto un detalle.

Un enorme palo con un viejo cartel de madera, me hizo confundir la realidad del sueño. Un cartel que decía:


BIENVENIDOS A LA NUEVA ATLANTIA.

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